Mundo Económico
 
La situación del empleo en nuestro país es tan grave que lleva a la reflexión de todos. En el debate aparece una palabra, empleabilidad, que podría resultar engañosa.
Escuché por primera vez la palabra “empleabilidad” en los años 80 o 90, cuando numerosas grandes empresas se hallaban en fase de reestructuración de plantilla y el desempleo crecía; luego se fue haciendo más común en los medios económicos y, por ejemplo, hace unos días la escuché en una escuela de negocios, en la charla de un prestigioso ejecutivo a que me invitaron. Creo que la venimos interpretando básicamente como capacidad de un individuo para ser contratado, y que la relacionamos, sobre todo, con su formación y desarrollo profesional; pero no resultaría acertado relacionar siempre el desempleo o el despido con un déficit de formación del individuo.

En la escuela de negocios a que me refería surgió el término cuando alguien aludió a los bajos sueldos de los jóvenes, por muy bien formados (en España y fuera de España) que estuvieran. El ponente vino a responder entonces que las cosas han cambiado y están como están; que ahora ya no se puede comprar piso y hay que alquilar, y que él siempre aconsejaba a los jóvenes insatisfechos que nutrieran su empleabilidad y buscaran otro trabajo. También habló del talento y vino a decir que los jóvenes con talento acaban accediendo a puestos mejor pagados; pero, en estos párrafos, continuaré la reflexión sobre el concepto de empleabilidad.

Me llamó especialmente la atención que una norma (“calidad de la formación virtual”) publicada hace un par de años por AENOR, apuntara a la empleabilidad del individuo como indicador de la calidad de un programa formativo. Al parecer, el curso era bueno, si, como consecuencia de seguirlo, el individuo encontraba trabajo o, en caso de que ya lo tuviera, accedía a un puesto de trabajo más atractivo. Como una primera reflexión, aquello me llamó la atención porque uno también debe formarse, creo yo, para mantener el rendimiento en el puesto que ocupa, y porque no podemos pensar que nuestros millones de desempleados lo estén o estemos por falta de formación.

Yo venía y vengo pensando que un curso es bueno si uno aprende lo que quiere aprender, y lo hace de modo efectivo, rápido y grato; y que quizá, por decirlo así, la empleabilidad de un individuo es algo tan exógeno como endógeno. Quiero decir que en la economía del saber uno debe, desde luego, formarse continuamente, tanto en conocimientos como en habilidades, con una buena dosis de autocrítica y de sed de saber, y tenga o no trabajo; pero quiero asimismo decir que, para mantenerse activo, ha de haber empresas que no solo valoren la formación y el potencial de los trabajadores, sino que, solventes y competitivas, tengan capacidad de contratar y necesidad de hacerlo.

No, no sé si todas las empresas valoran igual la formación de los candidatos. Estoy pensando en que quizá el exceso de conocimientos puede resultar en ocasiones tan perjudicial como el defecto. He leído que hay personas que inflan su currículo, pero que también hay otras que deciden restar conocimientos y capacidades, quizá porque piensan que a uno no le conviene saber más que su jefe... En todo caso, si hay más de cuatro millones de desempleados, y quienes encuentran trabajo perciben salarios modestos, habrá que pensar que las empresas no están en condiciones de contratar, o en condiciones de hacerlo pagando sueldos mejores.

Diría que por el mismo trabajo (y por aquello de la oferta y la demanda), una empresa paga más si no hay parados, y paga menos si hay varios millones de parados. No digo que a las empresas les convenga que haya millones de parados, pero sí que los sueldos, como la empleabilidad, en la práctica dependen también del número de desempleados, extraordinariamente elevado, insostenible, en nuestro país.

La empleabilidad se nutre de la formación, pero depende siempre de la capacidad del empleador y de lo que este valora en cada caso. Al respecto y para puestos técnicos, parece valorarse la experiencia, pero la de los jóvenes, no la de los mayores de cierta edad. No descartemos que haya asimismo empleadores que valoren más la obediencia que la inteligencia, o la complicidad que la profesionalidad; pero es que no se trata de crear empleo para unos cuantos, sino para todos o la mayoría de los desempleados.

Parece haber pues dos capacidades en juego, la de ser contratado y la de contratar; pero uno diría que es la segunda la que más está faltando, aunque bueno sea que, mientras acceden a un puesto de trabajo, los desempleados se formen. Quizá a veces han de sacrificar su profesión, y formarse para aquello en que se han detectado algunos puestos vacantes.

Sí, creo que se habla más de la capacidad de los trabajadores de ser contratados (“empleabilidad”), que de la capacidad de las empresas para crecer y contratar (no sé cuál es la etiqueta utilizada aquí), aunque esta resulte más crítica. Hay sin duda empresas en crecimiento, pero parece haber más que, desde décadas atrás, han ido reduciendo sus plantillas, consecuencia del avance tecnológico en muchos casos, o de la necesidad de reducir costes. También se producen contrataciones de jóvenes, después de deshacerse las empresas de trabajadores de edad mayor y con sueldos más elevados. Pero quizá se precisa de un cambio sistémico que catalice un reparto más idóneo del empleo y de los sueldos.

Hay muchos jóvenes y mayores sin trabajo, a la vez que hay sueldos de ejecutivos de varios millones de euros al año. No se habla de la escandalosa desmesura en muchos sueldos, pero sí parece cuestionarse la empleabilidad de los desempleados, que sin embargo no encontrarían trabajo aunque se formaran más. Pongamos que a los desempleados les faltan seis meses de formación intensa para poder ser contratados: ¿se habría acabado el paro en seis meses?

Hay que subrayar, sí, que los desempleados no lo están tanto por falta de formación como por la situación económica, y que hablar de empleabilidad en la situación actual del empleo en nuestro país, puede resultar engañoso. Parece exigirse a los individuos mayor competitividad entre ellos para encontrar trabajo, que a las empresas para crecer o asegurar su prosperidad. Pero unos y otras padecen la crisis económica, y tampoco resulta ahora sencilla para los jóvenes la solución de emprender.

El lector interesado en la reflexión la completará más certeramente, pero yo quería cuestionar la conexión entre el desempleo y el déficit de formación de los individuos. Es verdad que la formación que se orquesta puede no ser tan efectiva como debiera, también parece cierto que la situación de la economía mundial y nacional se impone a otras consideraciones.

¿Qué se necesitaría entonces? Quizá un gobierno fuerte que pueda tomar decisiones acertadas sin que la oposición lo obstaculice, e imponiéndose también a la resistencia de los ahora más privilegiados. Pero nadie pierda la práctica del desarrollo permanente, incluyendo el aprendizaje informal y el autodidactismo, en espera de tiempos mejores; tiempos que habrán de llegar, ya sea porque  la crisis pase, o sea porque el sistema se adapte a los nuevos tiempos.

Fuente: www.winred.com
Por: Domingo Pedraza del Duero.




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